mio Arriba Central -- Club Atlético Rosario Central


Quinta Parte  
Historia del Club





Los años que siguieron a 1923 marcaron en la historia de Rosario Central un salto cualitativo: se desligó por fin de la empresa ferroviaria para abrirse a todos los rosarinos que quisieran formar parte de él. Además, por primera vez los auriazules vieron cumplirse el sueño de un estadio propio. Se transformaron de esta manera en una de las instituciones más importante de la ciudad, y como tal pasó a pertenecer exclusivamente a sus ciudadanos. Esta grandiosa entidad deportiva aportaría un bellísimo lugar a aquellos que se emocionaban con los colores azul y amarillo. Abriría sus puertas para brindar comodidad y beneficios a todas las personas que lo desearan sin pedir nada a cambio. Aunque en realidad no le hacía falta pedir nada, lo más grandiosos que podía poseer ya lo tenía: el amor de miles de personas que se emocionaban con cada una de sus virtudes.

Sus primeras gradas

Hasta el momento el club centralista había estado alojado en “la cancha del cruce”, como le decían, en la Quinta Sanguinetti, que se ubicaba en el cruce Alberdi. En 1923, la comisión directiva convenció –con mucha perseverancia– al Ferrocarril para que le donara toda la madera que la empresa no utilizaba. De esta forma el Sr. M. F. Ryan –un alto funcionario de la Empresa– facilitó el material y ayudó a que el club contratara a unos cuantos peones para empezar a construir tribunas. Con el auxilio de cientos de socios alzaron una – pequeña pero fuerte– a cada lado de la cancha, de cien metros de gradas con diez escalones. A partir de ese momento, aproximadamente 15.000 personas comenzaron a deleitarse con los encuentros futbolísticos de su equipo preferido. El gasto fue de aproximadamente 16000 pesos.

La cuidad crecía por aquellos tiempos

Por esos años, el mundo atravesaba una importante depresión económica, que repercutía en la Argentina y por consiguiente en Rosario. A causa de ella, descendieron considerablemente las actividades comerciales y muchas cosas –como el precio de las tierras y de lo producido– se desvalorizaron rápidamente. No obstante, en esa época, el sistema educativo de la ciudad creció notablemente. Abrieron nuevas facultades y aumentaron los educadores. La gente esperaba –cada día con mayor ansiedad– poder aprender. Muchos alumnos se asombraban con los nuevos laboratorios y los excelentes elementos de trabajo. Se equipó la facultad de Medicina –que abrió diversas ramas de la carrera e incluyó también un hospital propio y un asilo de alienados–, además de la de e Ciencias Económicas, la de Ciencias Matemáticas, la de Arquitectura y la Escuela Superior de Comercio. Todo esto contribuyó al mejoramiento de la producción científica local.

Fue por aquel entonces que aparecieron en Rosario las primeras líneas regulares de ómnibus para comunicar a los barrios entre sí. De esta manera, Arroyito tuvo la posibilidad de acceder rápidamente al cementerio La Piedad o al Mercado Central.

La finalización de la crisis mundial trajo consigo un vigoroso desarrollo para la ciudad. Miles de inmigrantes se volcaron por primera vez a estas tierras llenos de esperanzas, como sus antecesores lo habían hecho hacía años atrás. Y con ellos, ingresaban a la ciudad grandes capitales extranjeros.

Como una nota de color de aquella época, los memoriosos recuerdan aquellas mujeres que, atrevidas, paseaban sus originales faldas cortas y las exóticas melenas que suplantaban a las trenzas o los recogidos típicos. El agua oxigenada hacía el “boom” de la temporada aclarando los cabellos de manera mágica. De esta forma, comenzaba a emanciparse el sexo femenino y mostraba su tímido destape probando bebidas fuertes y hasta algún que otro cigarrillo.
Y, para mayores innovaciones, la ciudad de Rosario empezaba a gozar del teléfono automático, cuando ya eran comunes las antenas de radios en los techos de las casas.

Central por el mundo

A la par de esta Rosario con tintes de modernidad, Central avanzaba en su historia y pronto daría un giro decisivo. Entrado el año 1925, uno de sus jugadores haría un paseo por el mundo. Gracias a la trascendencia que había comenzado a cobrar puertas afuera de Rosario, Central, obtuvo una oferta –que lo llenó de orgullo– de un club prestigioso de Buenos Aires, Boca Junior. A punto de realizar una gira por los países del Viejo Mundo, los “bosteros” estaban en busca de un buen arquero para su equipo y no tuvieron mejor idea que solicitárselo a Rosario Central. Por esos tiempos el guardavallas centralista, Octavio J. Díaz, era uno de los mejores del país. Heredero de su progenitor Juan Díaz y de su tío Zenón –dos respetados centralistas–, Octavio tenía un don para este gran deporte que es el fútbol. El joven de alma centralista demostró sus cualidades en ciudades como La Coruña, Barcelona, Madrid, Irun, Pamplona, Leipzig, Francfort y Paris, y de esta forma paseó por el mundo el corazón auriazulol Al final de la recorrida, este arquero se ganó la fama de excelente jugador en todos los ambientes del fútbol argentino. Y a partir de entonces, vistió varias veces la camiseta blanca y celeste para defender a la Argentina en diversos torneos Sudamericanos y en las Olimpíadas de Amsterdam.


Amenaza de laa Empresa Ferroviaria

El año 1925 fue decisivo para Rosario Central. Por esos tiempos cambió rotundamente la historia del club, ya que se produjo el primer gran empuje que lo llevaría a la sima para siempre. Antes de contar lo sucedido vamos a volver un poco la vista a atrás. Mucho tiempo antes de ese año, la entidad auriazul había decidido aceptar como socios a todas aquellas personas que quisieran serlo, fueran ellos trabajadores de la empresa ferroviaria o no. Los altos jefes de la compañía nunca estuvieron muy de acuerdo con la decisión tomada en esos lejanos tiempos. Por ello desde hacía bastante venían gestando la idea de hacer nuevamente de Rosario Central un club dependiente, con restricciones para todos aquellos que no fueran ferroviarios.

De esta forma los altos jefes del Ferrocarril Central comenzaron a hostigar a los dirigentes auriazules para que aceptaran las modificaciones que ellos proponían. En una asamblea del 1º de agosto, el Sr. Poy –que era miembro de la institución centralista–manifestó que el club había sido uno de los más viejos de la ciudad y que no había podido progresar debido a la falta de un terreno exclusivamente propio y a que siempre había estado ligado al ferrocarril. En ese mismo lugar, el Sr. Rota –miembro también del club– expuso su parecer sobre el asunto diciendo que lo que él creía era que la empresa estaba tratando de oficializar al club para luego tener el poder de subyugar a los socios y quitarles la posibilidad de participación. Además, opinaba, si la entidad auriazul aceptaba lo que ellos proponían, entraría a formar parte de otro club, pero utilizando su propio capital y de esta forma se borrarían todos los logros conseguidos hasta entonces. Finalmente expresó que, a su criterio, antes de fusionarse con la Empresa Ferroviaria otra vez, el club debería disolverse.

Comienza la búsqueda de un nuevo terreno

Luego del gran discurso se llamó a otra asamblea, pero esta vez con el requisito de que asistiera la mayor cantidad posible de socios. La comisión directiva decidió esperar un poco más antes de tomar alguna medida y propuso que de inmediato se pusiera en marcha la búsqueda de un terreno para el campo deportivo de Rosario Central. No creyó necesario tomar una resolución tan extrema como consideraba a la idea de disolver la entidad. Una vez establecido el terreno, la institución podría tomar –ya más tranquila– una decisión con respecto a lo propuesto por la Empresa Ferroviaria.

A partir de ese momento comenzaron a circular por todos los medios de la ciudad avisos clasificados que hablaban de la búsqueda de un nuevo terreno para instalar el nuevo club centralista.

Central finalmente se desliga de la Empresa

Semanas después se corrió la noticia de que la Empresa Ferroviaria ya había decidido inaugurar otro club, exclusivo para ferroviarios, aunque aceptaba también como socios a personas que no lo fueran, pero sin voz ni voto. La nueva institución tendría su sede en Pérez y pasaría a llamarse “Deportivo Central Argentino”. Por ese entonces, llegó una carta al club centralista que invitaba a todos los que lo desearan a formar parte del nuevo club. Pero los auriazules devolvieron la nota es con un agradecimiento que aclaraba que no tenían ninguna intensión de asociarse en forma colectiva, pero que ello no quitaba la posibilidad de que quien quisiera hacerlo estaba en todo su derecho, ya que ningún reglamento lo prohibía.

A partir del instante en que la notificación llegó a manos de los directivos Ferroviarios, Rosario Central quedaba libre para siempre del padrinazgo de eta gente que ya se había convertido en extraña para un club con las puertas abiertas a todo Rosario. Ante semejante determinación, se comenzó rápidamente la organización del nuevo club y se nombró entonces una comisión de finanzas que se dedicaría a encontrar un buen terreno. De esta forma, el destino de Central tomaba un camino incierto pero propio: ya no dependería de nadie más que de aquellos que lo formaban con todo su cariño y desvelo. Como un joven que se independizaba de sus padres y empezaba a trazar su propio camino...
Todo el mundo quiere pertenecer al nuevo club.

La comisión de finanzas fue conformada por A. Ré, A. Rossi, J. Casagrande, D. Brangieri, V. Fuggini, F.V. Fuggini, M. Morales y F. Flynn como presidente. Era fundamentalmente necesario reformar los estatutos, por lo que se nombró una comisión para dicho fin. La integraron los Sres. J. Silva, V.B. Pisso, A. Pergolis y la presidencia de ese momento.

En la ciudad de Rosario se empezaba a correr la voz de que el club glorioso estaba por modificarse de raíz. Todos se preguntaban, algunos contaban lo que sabían, otros transformaban lo que escuchaban, y la mayoría inventaba historias para no quedar afuera del gran chisme. ¿Qué estaba pasando? ¿Era cierto lo que se decía acerca de Rosario Central, qué ya no pertenecía más al Ferrocarril? El pueblo entero estaba conmovido ante la noticia. Y gran parte de la ciudad quería formar parte de semejante cambio. Entonces –casi como un milagro– cientos y cientos de personas se agolparon en las puertas del establecimiento del club para asociarse a ese Central libre del yugo de los altos funcionarios.

Adquisición del terreno

Y en ese contexto, la comisión directiva de Central decidió hacer una Asamblea General Extraordinaria. El 16 de diciembre de 1925 la multitud reunida escuchó atenta las noticias. Se anunció entonces que era de suma necesidad pedir un préstamo para la compra del nuevo terreno, debido a que la institución andaba escasa de dinero. Entonces, el Sr. Rossi planteó la idea de solicitar al Honorable Concejo Deliberante de la ciudad de Rosario la concesión de un espacio precario de la municipalidad donde establecer las propiedades del club. Finalmente, el 28 de noviembre le concedieron una zona ubicada en la intersección de la Av. Central, Calle 31, B. Avellaneda y el Río Paraná. De esta manera nacía la semilla de lo que luego sería El Gigante de Arroyito.

Hasta el día de hoy, Rosario Central le debe un agradecimiento enorme a los excelentes quehaceres del entonces ministro de Hacienda de la provincia, el Dr. Felix Roca, a los concejales Cepeda, Caramutti, Casas Duchenois, Bollero, Garavagno, Morcillo, Nirich y Stoisa, entre muchos otros. Y no podemos dejar de nombrar al intendente de Rosario en esos tiempos, el Dr. Manuel Pignetto.

Se inician los preparativos

A falta de recursos, todos los integrantes de esta gran familia centralista pusieron sus mayores esfuerzos para levantar el lugar. Se hacía economía en todo lo que estaba al alcance y por eso se avanzaba lento, pero siempre de forma muy firme y segura. Mientras el estadio no estaba en condiciones de ser utilizado, Rosario Central tuvo que conformarse con una cancha prestada por el club Bolsa de Comercio, ubicaba en la manzana de Callao, 9 de Julio, Zeballos y Ovidio Lagos.

El estadio auriazul iba avanzando poco a poco, pero con la ayuda de todos. Durante la mayor parte del año 1926 se fue edificando constantemente mientras realizaba sus encuentros en el campo prestado. Las cosas iban progresando. El 1º de marzo, el Gobierno de la Provincia de Santa Fe le otorgó por fin la Personería Jurídica. A fines del año, debido a por diversos motivos Central tenía que dejar de jugar en la cancha de la Bolsa de Comercio –y como en muy poco tiempo más se debía enfrentar con Newell’s y no quería dejar pasar el partido–, decidió poner en condiciones rápidamente el nuevo terreno para poder realizar el enfrentamiento. Precariamente se equipó la cancha lo mejor que se pudo y con gran entusiasmo concurrieron los simpatizantes a presenciar el clásico.

 

El resultado del partido marcó el destino del club en su nueva cancha, Rosario Central ganó por 4 goles contra 2. Y además –casi como una bendición–, se recaudó gran cantidad de dinero que fue destinado a la construcción del estadio. Con una suma de 2.500 pesos la marcha del gigante tomó color.

El dinero ayudó muchísimo, pero también la ambición era grande. Central quería construir un estadio que levantara asombros y suspiros. No quería una canchita cualquiera, quería un monumento. Una gran casa que estuviera al nivel de la institución, de ese club del que tanto se hablaba. Entonces se elaboró un cuidadoso plan financiero y se tomó un empréstito para poder encarar la edificación de manera más rígida y eficaz.

En 1927, se le encargó a la empresa de los Sres. Ferrarese Hnos. y Cia. –avalada por el Banco de la Nación Argentina Suc. Arroyito y por el Palacio Fuentes– el levantamiento del edificio.. La cosa venía seria y para mayor alegría de todos los centralistas, el Intendente Isaías R. Coronado firmó un decreto en donde se prorrogaba la concesión del terreno prestado años atrás por veinte años más. El 25 de noviembre de 1927 el Gigante de Arroyito afirmaba sus raíces, seguro de que por mucho tiempo no sería expulsado del lugar. .

Llegado el año 1928 las buenas nuevas habían dado sus frutos. Rosario Central contaba con una tribuna oficial de cemento con capacidad para 7000 espectadores y una tribuna popular para 35000 personas. Con un gasto de aproximadamente 46.950 pesos, . el 27 de octubre de 1929 el magnífico club auriazul tenía su impresionante estadio listo para la inauguración.
La inauguración del nuevo estadio.

Con una capacidad total para más de 35000 personas, el envidiable recinto abría sus puertas a la multitud de gente que se aglomeraba para ver el partido amistoso que jugaría Central contra Peñarol de Montevideo. Los padres de familias vaciaban sus bolsillos pagando las entradas de uno y dos pesos a todos sus familiares y los más pobres tenían la posibilidad de abonar sólo 50 centavos.

Nadie quería perderse el momento histórico que se avecinaba. Aquella fue una hermosa tarde cargada de júbilo y emociones para todos aquellos que desde hacía varios años ansiaban ver al refugio centralista levantado y esplendoroso. Impresionante, sobresalía por entre las casas y de lejos se lo podía observar reflejando los brillantes rayos del sol primaveral, y el cielo despejado enmarcando su figura. Estaba a tono con sus colores, no cabía duda de que era el hogar de Rosario Central.

La Liga muestra interés por el estadio centralista

A partir de entonces –con todas las instalaciones adecuadas, como el vestuario y el acceso a la cancha–, la comisión directiva de Central decidió enviar una notificación a la Liga, sobre la nueva situación del club, para que ésta se enterara de la buena nueva y tuviera en cuenta la existencia del nuevo edificio. De esta forma, enterada la Liga Rosarina de las nuevas modificaciones decidió que se jugarían partidos oficiales en el flamante estadio, por orden de turno. Entonces, se sucedieron los dos primeros encuentros oficiales en la nueva cancha auriazul: uno contra la Liga Cordobesa y otro contra la Asociación Argentina Amateur de Fútbol.

Con esos encuentros comenzó a correrse entre los aficionados del deporte la noticia de que el nuevo estadio que tenía la ciudad de Rosario era realmente magnífico. Algo increíble aconteció entonces: de 22 partidos jugados en el año1928, 19 se desarrollaron en el estadio de Central. El motivo de semejante cifra estuvo claro: todos los clubes rosarinos deseaban jugar en la formidable cancha, indiscutiblemente la mejor de ese entonces.

A partir de allí, al club centralista –siempre inteligente y vivaz– se le ocurrió la brillante idea de alquilar sus instalaciones para sacar beneficios monetarios para la institución. En un artículo del Reglamento Interno constaban tales modificaciones.

Central el “semillero de Rosario”

Fue en el año 1929 cuando Central adquirió el apodo de “semillero” porque de su seno crecían –día tras día– increíbles jugadores que lograban elogios de todo tipo y eran conocidos como verdaderos cracks nacionales y hasta se hablaba de ellos internacionalmente. Ese año se presentó un plantel rosarino que ganó el título de Campeón Argentino. En él se encontraban cuatro de los más prestigiosos componentes del equipo auriazul por esos tiempos: L. Indaco, J. González, F. De Cicco y O. J. Díaz. Semanas más tarde apareció en el estadio centralistas una placa de bronce con sus nombres. El homenaje fue en honor a esos grandes jugadores que integraban la institución auriazul y como era tal el orgullo del club fue encargado al extraordinario artista rosarino Erminio Blotta.

De esta forma el reconocimiento del club se iba extendiendo cada vez más, y fue impresionante la influencia que ejercían en el fútbol local las decisiones tomadas por esta maravillosa institución. Por otro lado, su establecimiento también iba avanzando firmemente en un devenir constante y recio. Por ese entonces, se realizaron obras como la construcción de más gradas y la inauguración de las ya terminadas.

Durante los años 1927, 1928 y 1930 el equipo de primera de Rosario Central ganó la copa Vila. Los ídolos de aquellas temporadas fueron Indaco, De Cicco, Antonio Miguel, J. González y J. Díaz.

Disminuye el interés por el amateurismo

Por aquellos tiempos empezó a intrigar a muchos dirigentes de las diversas instituciones de Argentina el tema de la paga –y muy buena, por cierto– a los mejores jugadores. Esa disposición acarrearía determinaciones fundamentales para el fútbol del país. De Buenos Aires, especialmente, llegaban numerosas ofertas de compra de los excelentes jugadores rosarinos. Ya por aquella época, nuestra ciudad tenía fama de buena formadora de sobresalientes figuras, y se la empezaba a nombrar como “cuna de campeones”. Ante la demanda, los clubes locales empezaron a acumular dinero especialmente para la compra de jugadores y de esta forma grandes sumas de billetes engrosaron su salario. Se produjeron incluso situaciones incómodas entre los clubes que se desvivían por conseguir buenos jugadores del país o de otros países como por ejemplo Uruguay. Poco a poco el amateurismo dejaba de interesar a la mayoría de las instituciones importantes que entraban en competencia con otros clubes del país y del exterior.

Así, muy lentamente, se fue dando forma al fútbol profesional. Con este cambio trascendental, el juego más popular del país empezaba a edificarse sólidamente y desde entonces no dejaría nunca de ser el principal y más preciado deporte de Argentina.

Algunas anécdotas

 


El “taxi” de Rosario Central

 

Otra de las anécdotas que marcaron la vida del club auriazul era “la del taxi de Rosario Central”. No produjo asombro que, durante varios años, Don Pedro Héctor Settimini –hincha y socio vitalicio de la institución– fuera el encargado de llevar y traer en su vehículo a los distintos equipos de Central. Los llevaba a la estación o a donde correspondía de acuerdo a los destinos de los distintos partidos.

Hombre querido y respetado en el club, los dirigentes y jugadores de aquellos años –desde 1920 a 1940, aproximadamente– le fueron prodigando su amistad y confianza. Su Plymonth 38 llevaba el número RA 734 y se convirtió en el “primer taxi de Rosario Central”.
Luis Indaco.

Fue uno de los mejores delanteros izquierdos que pisaron las canchas argentinas. Según crónicas de la época, Indaco era un verdadero fenómeno, ya que poseía la rara habilidad de apilar rivales. Muy querido por los fans auriazules, se convirtió en una de las figuras de las selecciones rosarinas y nacionales.
Su estrella futbolística brilló con más fuerza que nunca aquella gloriosa tarde de setiembre de 1928, en cancha de Newell’s, cuando Central goleó al poderoso Barcelona, que traía en sus filas al célebre Mago Samitier, al húngaro Platkó, a Sastre y a Irurzun. Fue una demostración de fútbol al más alto nivel. Sobre todo la de aquella delantera formada por Agustín Peruch, Humberto Libonati, Gabino Sosa, Luis Indaco y Celestino López.

Indaco tuvo la satisfacción de ganar varios títulos con la camiseta de Central, así como el campeonato argentino logrado con la selección local, que le permitió escribir su nombre junto a los de Octavio Díaz, Francisco De Cicco y Juan González.

Se trasladó a Platense en el año 1926 y luego tuvo un fugaz paso por el fútbol italiano –en Roma y Génova–, de la mano de Julio Libonatti, primer argentino en jugar en la península itálica.
Invadido por la nostalgia, volvió a Central y otra vez se ganó el apoyo de todos los canallas. Jugaría en el club hasta 1933, momento en que decidiría abandonar el fútbol, y dejó innumerables amigos y admiradores.


Rosario, cuna de campeones


Frase breve, pero hondamente expresiva. Tal vez haya sido dicha mucho antes y en diversas circunstancias. Sin embargo, quién la fijó definitivamente en la historia deportiva de la ciudad fue Octavio J. Díaz, aquel extraordinario guardavallas de Rosario Central.

Ese grito orgulloso fue lanzado al aire por el Negro Díaz , l 15 de octubre de 1929, cuando el combinado de la Liga Rosarina, en ese entonces, se consagraba campeón argentino al vencer por dos a uno a la Federación Tucumana en el viejo estadio de River Plate. El tremendo vozarrón del imponente arquero rosarino vibró en aquellas viejas tribunas de madera y nos pareció a quienes estaábamos allí que esa enorme exteriorización de júbilo recorría el cielo de esa cálida tarde de octubre para depositarse en pleno corazón de Rosario. La ciudad lo recibió satisfecho y lo festejó largamente; era la primera vez que una embajada futbolística local obtenía ese preciado galardón.
Crónicas amarillentas y descoloridas, fotografías de los medios más prestigiosos de Buenos Aires, llevaron al país la imagen imponente del gran Octavio, acompañado esa tarde por De Cicco, González, Conti, Faggiani, J. Sosa, Peruch, Scaroni, Cristini, Indaco y Barreiro.

Al comentar el triunfo del combinado rosarino, la revista “El Gráfico” publicaba la legendaria fotografía del capitán alzando la copa en triunfo, y decía: “Es la imagen (la de Octavio Díaz) de una tradición gloriosa que se yergue en el reverdecer de los laureles marchitos; es todo un pasado que renace; es, acaso, la anunciación inefable de una nueva era de glorias; es el símbolo de Rosario en la apoteosis del campeonato...”

Invocando los duendes de un pasado esplendoroso –Zenón Díaz, Pinoto Viale, Harry Hayes, Guillermo Dannaher, Julio Libonatti, el petiso Miguel y el eterno Gabino, genio de varias décadas–, la revista preanunciaba una resurrección del fútbol de la ciudad. A partir de aquel grito ensordecedor de Octavio, “Rosario, cuna de campeones”, sabíamos que esa tarde se abría una nueva y provechosa etapa en la brillante historia futbolística rosarina.


*Fragmento extraído de “Los orígenes del fútbol”, de Andrés Bossio. Ediciones De Aquí a la Vuelta, año 1991.

 








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