Waldino "Torito" Aguirre
Hablarle a un rosarino sesentón del “Torito” Aguirre es producirle gotas de brillo en las pupilas, encenderle luminosas antorchas de alegría en lo más hondo del corazón. Provocarle un regocijo que, supongo, habrá sentido cada uno de aquellos canallas que tuvieron la fortuna de verlo en acción durante las nueve temporadas que jugó para Rosario Central y las que, también, lo tuvieron como protagonista estelar con la camiseta charrúa.


Para hacer una semblanza meramente ajustada a los hechos bastaría con recurrir a los números, esos que te cantan la justa. Bastaría comenzar diciendo que Waldino “Torito” Aguirre jugó 182 partidos con la azul y amarilla y que, con sus 95 goles, fue el jugador que más tantos convirtió para Central en el ciclo profesional hasta la fecha. Pero con eso no basta para pincelar la estampa de este gran jugador, fenomenal jugador que fue transferido a Rácing allá por el cuarenta y pico. Ni siquiera encontrándose allá, al lado de viejos compañeros de equipo como Rubén Bravo (centroforward, hoy centrodelantero, nueve de área o punta), el “Negro” Ricardo (goalkeeper, hoy arquero, guardavalla o guardameta) y Alejandro Yebra (full back, hoy defensor, líbero, último hombre o defensa central), dejó de extrañar a su querido Arroyito.

 

Un año después, pobre de goles y de fútbol, apareció en Huracán, también junto a Ricardo. Pero el Torito estaba en “otra cosa”. Fue entonces que volvió a su viejo y querido club; a reencontrarse con su público con su gente, con su barrio sur, allí donde en pleno corazón de Tablada había comenzado una carrera rutilante que lo llevó a la fama siendo aún muy joven.

 

Me solía contar mi padre que, en realidad, el Torito ya era famoso cuando era todavía un jovencito. Viven algunos viejos charrúas que fueron testigos presenciales del fútbol rosarino del ´30 y que aseguran que muchísimos hinchas se aparecían sin previo aviso para ver los partidos de la quinta división donde él jugaba. Y ni hablar cuando jugaban Rosario Central contra Central Córdoba, porque allí se enfrentaban dos “purretes” que serían famosos: Vicente “Capote” de la Mata con la azulgrana y Harry Hayes con la auriazul.

 

Pero en esa quinta división, que dejó un día Vicente de la Mata, apareció Waldino Aguirre. Y la historia volvió a repetirse; los hinchas charrúas se regocijaron durante años con el Torito, cualquiera fuera la división donde jugase. En la primera división integró un terceto muy recordado por los viejos charrúas, junto con Fiore y Monestés.

 

Pero el Torito estaba llamado a ser más grande todavía; fue así que en 1941 comenzó a jugar en Rosario Central, adonde llegó junto con otro compañero charrúa que, por muchos años, se asentaría en Arroyito: José Casalini (half derecho, hoy lateral por derecha). Desde su inolvidable debut en la 2º fecha del torneo contra Platense, un 6 de abril de 1941, el Torito inició un largo y apasionado romance con la hinchada centralista, convirtiendo el gol del triunfo por uno a cero.

 

Al Torito le tocó, también, pelear contra el más fiero rival, el descenso de categoría, fantasma que acechaba siempre en aquellos tiempos y que hoy, lamentablemente, nos vuelve a “asustar” con toda su fiereza. Tuvo que saborear el trago amargo del descenso, es cierto, pero estaba hecho para soportar todas las adversidades. Me suelen contar que él fue el abanderado de un retorno a primera que se produjo al año siguiente, tras una campaña excepcional que lo encontró como goleador absoluto del torneo, con 32 tantos en 27 partidos, un promedio de gol por partido que hoy parece exagerado, pero real. Todo un récord.

 

Siguió haciendo goles en la primera Canalla; pero fundamentalmente jugando, divirtiendo a la afiebrada masa de simpatizantes que le perdonaba todo, hasta su poca ortodoxa manera de dirigirse a los árbitros o a sus propias adversarios, lo que más de una vez lo dejaba fuera de actividad.

 

Me siguieron contando quienes lo vieron jugar en el apogeo de sus actuaciones que no hubo un jugador igual. Parecía tener poca habilidad en las piernas, pero lanzado en velocidad era imparable; daba la impresión que los rivales se apartaban de su camino. Tan sutil y perfecto era el movimiento de su cintura mágica que dejaba atrás a sus marcadores en su rumbo hacia el arco adversario.

 

La vida del Torito no fue fácil. Desde niño le faltó de todo: en especial cariño, afecto, amor. Por eso, quizás, se volcó totalmente hacia el fútbol y se jugó el alma en cada pelota. Gritó con todas sus ganas cada gol que hizo y disfrutó cada una de sus gambetas, como intentando tomarse revancha de sus propias miserias. Por eso, también, terminado el fútbol se terminó todo para este formidable jugador.

 

El destino, que tanto lo había escarnecido durante su infancia y adolescencia, lo esperaba cruelmente al término de su ciclo esplendoroso. Ya no estaba su público, su hinchada, ya no estaba su amiga la pelota -su mejor y más obediente compañera de fechorías- como tampoco el adversario burlado, ridiculizado por la mágica cintura del Torito. Estaba otra vez la calle, la mala compañía, la bebida, el triste sino inevitable que había retomado un camino de sombras y, otra vez, de privaciones.

 

Ocurrió entonces, una noche trágica de octubre, por el ´77, cuando la cuerda se rompió. El Torito fue detenido por un robo menor. Borracho, vencido y entregado, fue a parar a una comisaría donde indignos policías enfermos de impunidad terminaron con su vida.

 

El Torito murió como había nacido. Una silenciosa y auténtica congoja de miles de charrúas y, en especial, de Canallas hermanados por el dolor de haber perdido a un ídolo, para muchos, el más extraordinario jugador que se haya visto en una época donde había superabundancia de auténticos cracks.

 

Dejó en Rosario Central un recuerdo inolvidable, un recuerdo que sigue mezclado entre las alegrías de su fútbol y el dolor final de su tragedia. Su nombre, Waldino “Torito” Aguirre, y su figura canallesca y atrevida merecen más que un sitial de privilegio, preponderante, en la galería selecta de nuestros ídolos más queridos.

 

Hazle un favor a papá o al abuelo, ve por ellos y ofrécete para leerles este relato y verás, como dije en el inicio, mágicamente, aparecer gotas de brillo en sus pupilas.

 

Fuente: www.canalla.com

 

 

Hace algunos años atrás, en el diario La Capital salió este valioso informe que nos da datos precisos sobre el caso.


Queremos compartirlo con nuestros lectores para asimismo recordar un instante a este ídolo canalla que también se floreó en Central Córdoba de su querido Barrio Tablada.

 

 

La noche en que mataron a un ídolo, el "Torito" Aguirre.

Waldino Aguirre es uno de los protagonistas de la historia de Rosario Central. Fue uno de los máximos goleadores del club y se convirtió en ídolo por su guapeza -por eso le decían Torito- y su estilo provocador, puesto a prueba en los clásicos con Newell's. El nombre del crack remite a la vez a un suceso oscuro, el de su propia muerte, de la que el próximo mes se cumplirán veinticinco años.

Los hechos comenzaron en la noche del 27 de octubre de 1977, cuando Gumersinda Otero denunció en la comisaría 11ª, de Lamadrid al 200, que tres hombres habían secuestrado a su hija Marta, de 19 años. La mujer identificó a uno de los captores: el Torito Aguirre. Lo conocía porque era compañero de copas de su esposo, Alfredo Salinas. "Anda generalmente borracho entre los ranchos", agregó.

El subcomisario Miguel Ángel Suárez, a cargo de la seccional, ordenó a los agentes Manuel Olivera y Maximiliano Basualdo que salieran en busca del Torito. Los policías sabían dónde encontrarlo. La casa del ex crack era el armazón de un tranvía, en un terreno de Necochea al 4300. Tenía 57 años, pero parecía veinte años mayor: el alcohol lo había derrumbado y vivía de la mendicidad y de los recuerdos de su gloria.

Pasado y presente contrastaban como mundos opuestos en la vida del Torito. La gente lo reconocía por la calle y lo saludaba; él aprovechaba para pedir unas monedas. Evocaba sus goles favoritos y, cuando no estaba demasiado ebrio, los representaba ante sus interlocutores. "Recibí el pase frente a Marante y De Zorzi -contaba sobre un partido entre Central y Boca-. Levanté la pelota sobre sus cabezas y me filtré entre ellos. Vacca salió del arco y también se la hice pasar por encima". El Torito cerraba los ojos y rememoraba el estadio en silencio, hasta que la pelota traspasaba el arco y la tribuna estallaba; y cuando los abría veía la pobreza y la miseria que lo rodeaban.

A veces escuchaba la voz de Julio Mussimesi, cuando le hizo un gol tras recibir un pase de De Cicco:

No vi la pelota -decía el arquero de Newell's, aún asombrado-. Vi la sombra, nada más. Pero no vi la pelota...

 

Paliza mortal

Aquella noche del 27 de octubre la comisaría 11ª no tenía patrullero, por lo que los agentes y la denunciante subieron a un taxi y fueron hasta el lugar indicado. Waldino Aguirre no se resistió al arresto, y acaso tardó en darse cuenta de qué se trataba ya que estaba borracho.

Al bajar del taxi, declaró Gumersinda Otero, "uno de los agentes tomó de los pelos a ese hombre y en forma rápida y golpeándolo en partes del cuerpo lo introdujeron a la comisaría". Luego "se escucharon ruidos, como si alguien gritara, y en ese mismo momento pusieron una radio a todo volumen, estando así una hora".

Waldino Aguirre falleció en el patio de la comisaría 11ª en la madrugada del 28 de octubre.

 

La policía elaboró un parte en que informaba que había sufrido un paro cardíaco. El caso pasó a manos del juez de instrucción José María Peña (actual Fiscal de la Cámara de Apelaciones).

"A primera hora de la mañana el jefe de la seccional, el comisario (Daniel) Curvelo me dice que había muerto el Torito por un ataque al corazón y que había un informe médico -recuerda Peña-. A las 10, aparece Curvelo en persona y me dice «no, lo mataron». Y el médico no había ido".

La investigación desarticuló la versión policial. Según Peña, "los que descubren el asunto son los presos. Ya en aquella época había hacinamiento en la comisaría y por el calor los presos preferían dormir en un patio interno. Los que estaban allí presenciaron lo que pasó".

En la autopsia, el forense Oscar Sánchez comprobó que Aguirre tenía "extensos hematomas en la región toráxico-abdominal" y "la deformación del tórax dando la impresión de aplastamiento de la caja torácica"; el examen interno constató la rotura de siete costillas.

 

"La muerte se produjo por hemorragia masiva por ruptura de hígado por traumatismo múltiple", concluyó el informe.

"Había dos fotos impresionantes -dice al respecto Peña-: el hígado estaba fraccionado y en el pecho habían quedado las huellas de los borceguíes".

Dos presos que hacían tareas de limpieza en la comisaría fueron los principales testigos de cargo. Según relataron, Basualdo y Olivera "se encontraban algo alcoholizados" e introdujeron al Torito en la oficina de guardia, donde el oficial Acevedo lo recibió con una trompada.

¿Quiénes se llevaron a la piba? -le preguntaban.

No sé -decía el Torito.

Los policías volvieron a golpearlo y lo arrojaron al patio interno de la seccional. Los presos se acercaron con respeto al ídolo caído y trataron de ayudarlo: uno le alcanzó agua y el otro una cobija. El Torito se acostó en el suelo. "Estoy jodido, hermano" murmuró a uno de los detenidos y después, anticipándose al final: "Estoy muy jodido".

Al rato lo llamaron para otra terrible sesión de tortura. Según relató uno de los presos, "Olivera lo tenía de los brazos, Acevedo le saltaba encima y Basualdo le pegaba con los pies y las manos". El castigo terminó con la muerte del Torito.

Los policías fraguaron entonces un sumario. Además de omitir las referencias al interrogatorio, consignaron que el Torito había sido examinado dos veces por el médico de policía Frank Poenitz. Este médico en principio corroboró la versión en su declaración testimonial ante el juez pero luego se retractó y admitió que no había concurrido a la comisaría e involucró en la irregularidad al empleado de Sanidad Policial José Elvidio Arce.

El 9 de septiembre de 1979 la policía comunicó la fuga de Manuel Olivera, quien nunca fue recapturado. Este policía tenía antecedentes por cohecho y amenazas. El 11 de diciembre de 1980 el juez del crimen Ramón Ríos condenó a 13 años de prisión al oficial Acevedo, por tormento agravado por la muerte y falsedad de documento público; Basualdo recibió una pena de 12 años, por tormento agravado por la muerte y Suárez, absuelto por tormentos, 2 años por falsedad de documento público y encubrimiento; Poenitz y Arce resultaron absueltos del cargo de encubrimiento.

 

Del bajo fondo

La historia tenía un capítulo previo, que comenzó a descubrirse a fines de 1977. En busca de dinero, el Torito había robado unos cuarenta atados de cigarrillos de un quiosco. Alfredo Salinas prometió vender una parte de la mercadería, pero se quedó con el dinero.

Aguirre fue entonces a buscarlo con Jorge Amicelli, un vendedor ambulante, y otro hombre que nunca fue identificado. Otra versión indica que en realidad el Torito se limitó a hacer de guía hasta la casa de Salinas, que era buscado por los otros hombres para cobrar una deuda. Lo cierto es que Salinas no estaba en la casa y que se llevaron a la hija mayor de su mujer, Marta Otero.

Amicelli rechazó esa versión y la atribuyó a una maniobra "para darle una aliviada a los policías presos". Negó que el Torito pudiera involucrarse en robos. "Lo querían todos, siempre andaba con chicos y jugaba al fútbol en el barrio", dijo.
Esta denuncia tenía algo de sustento: los presos de la comisaría 11ª dijeron que habían sido presionados para cambiar sus declaraciones e intentó armarse un relato según el cual el Torito había recibido la paliza mortal antes de ser detenido por la policía. Esto quedó desbaratado por los testimonios de Gumersinda Otero y su hija María de las Mercedes, quienes presenciaron la detención del ex futbolista y atestiguaron que no tenía ninguna huella de lesiones.

Marta Otero declaró que a las 20.30 del 27 de octubre llegaron a su casa el Torito, Amicelli y el tercer hombre nunca identificado; Amicelli preguntó por su padrastro "porque tenía una deuda que saldar" y la obligó a acompañarlos.

El Torito apenas era consciente de lo que sucedía. "Caminaba tambaleándose", dijo Marta Otero, y "a las dos o tres cuadras pegó la vuelta". Amicelli, el otro hombre y la chica caminaron otras diez cuadras, en un sector de villa miseria.
Marta Otero logró entonces escapar de sus captores y refugiarse en una casa. A la medianoche del 27 de octubre, mientras los policías torturaban al Torito y le preguntaban por su paradero, ella estaba a salvo, con un matrimonio amigo.

 

Fuente: www.canalla.com

 

 








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